UN NIÑO SALVAJE EN UN MUNDO FELIZ
por Cristina Civale
Publicado en Revista VEINTITRES , 24 de abril 2010

Javier Lodeiro: una muestra con un estilo personalísimo, una especie de paseo por un mundo post-apocalíptico donde los restos de un naufragio general forman parte de un nuevo comienzo, extraño, pero en el fondo esperanzador.
La nueva muestra de Javier Lodeiro –Buenos Aires, 1969. Vive y trabaja en Neuquén- en la galería Masottatorres de San Telmo parte de un relato que el mismo Lodeiro, también narrador y poeta, escribió. Wild child, da nombre a esta exposición postapocalíptica que nos muestra un mundo que volvió a nacer de las entrañas puras de un niño salvaje. Así arranca el inspirador microrrelato de Lodeiro: “Sus viejos le enseñaron a sonreír amablemente y le dieron un libro que perdió antes de partir, muchos días caminó antes de encontrar signos de vida”. En el camino del niño esos signos de la vida se van mostrando y en la exposición Wild child se convierten en los cuadros que podemos apreciar, el de un mundo nuevo, salvaje, feliz, “contemplado por los ojos de las estrellas”. Para el artista “pintar es bajar a lo profundo, tomar el misterio para traerlo a la superficie y transformarlo en una bendición”. Esta necesidad se vislumbra en su empecinamiento por crear un mundo paralelo por fuera de las ciudades tumultuosas, un mundo con una paleta fauvista, lleno de personajes que pueden ser hombres-animales, plantas-mujeres, niños-niños, parejas multirraciales, un mundo donde la naturaleza lo envuelve todo. El recorrido por la muestra me produce la sensación compulsiva de zambullirme en cada uno de los cuadros y poder entrar en ese mundo, sintiéndome Alicia en el país de las maravillas de Lodeiro. Cada obra –acrílico sobre tablas- le toman un promedio de un mes y medio. Así me explica su proceso de trabajo unos días antes de la inauguración: “El trabajo para una obra lo divido en dos etapas: la primera es la más larga y empieza con una inspiración determinada. A veces esta surge a partir de una imagen que veo mientras escucho música. Paso mucho tiempo escuchando música, no como distracción de fondo, sino que lo hago como uno puede mirar una película. Otras veces, la inspiración parte de la relación entre dos colores: veo una imagen (impresa, pintada, en la calle, en el río) y en seguida me obsesiono con la relación que se establece entre dos colores. Durante varios años, por ejemplo, mis cuadros estuvieron dominados por los colores naranja y turquesa, que eran los colores de la sierra y del lago que veía constantemente cuando iba a trabajar, cerca de Añelo, en el interior de Neuquén. La segunda etapa consiste en darle forma a este ‘chispazo’ inicial. Trabajo con dibujos separados que dispongo sobre una superficie hasta que logro el equilibrio que me satisface. Hago esto en la computadora y es la etapa más importante y más larga del cuadro. Cuando veo que ya hay una armonía que es la que busco lo imprimo, lo amplío, y lo paso a la tela. Siempre que hago esto hay algo que está incompleto, y generalmente la solución de éste problema, que surge a veces cuando ya casi la tela está terminada, es lo que le da ‘sentido final’, en términos de mi exclusiva satisfacción interior. Cuando pinto un cuadro pienso en nadie más que en mí como destinatario. Si lo termino y no me gusta, mmm, es seguro que voy a tener un par de días de mierda”. Wild child, sin embargo, surgió de sus últimas lecturas y el encuentro con una larga cita de Platón. “Hasta ahora nunca lo había entendido –me cuenta-, el texto decía algo así como que la historia es cíclica, y que se divide en intervalos en los que el hombre está en armonía con dios, y por lo tanto con el universo, y otros en que dios se aleja. En el primer caso convive con la naturaleza, que lo cuida y lo alimenta, sin necesidad de sacrificarse ni esforzarse para sobrevivir. Pero repentinamente la divinidad desaparece, dejando al hombre solo para que se las arregle. La armonía con la naturaleza se va debilitando y tiene que hacer un esfuerzo desesperado para lograr adaptarse y sobrevivir. Este esfuerzo, paulatinamente creciente y triunfante, es la civilización. Sin embargo este esfuerzo a su vez lo aleja cada vez más de su condición primitiva y armónica, y cuanto más lo aleja, tanto peor se vuelve su vida. Finalmente, en última instancia, la divinidad reaparece de pronto restaurando el paraíso primitivo original”. Esta lectura fue reveladora porque expresaba lo que Javier Lodeiro venía imaginando desde hacía tiempo para desplegar en la narración de esta nueva exposición. En ella, efectivamente, viajamos a través de este mundo delicioso y equilibrado: sin bombas, ni guerras, ni pobreza. ¿Y por qué estas obsesión de pintar una y otra vez mundos selváticos donde la naturaleza aparece como la salvadora del hombre, su eterna protectora? Es que Lodeiro encuentra más placer en dibujar animales y vegetales que en la figura humana. No está interesado en la veracidad biológica de sus dibujos sino la potencia poética y, en ese sentido, de las líneas del contorno de un árbol, una hoja o de un ave siente que extrae algo que le recuerda a la música. Lodeiro es un tipo solitario, eso le gusta decir de sí mismo, y pasa mucho tiempo en compañía de plantas “reales”. Cuida el jardín de su casa como esas personas que saben qué está pasando con cada planta y con cada árbol, qué nutriente les hace falta a cada una, qué bichito está intentando establecer una colonia en sus hojas. Pero no es sólo un jardinero laborioso, es uno de los artistas más prometedores de las nuevas generaciones. Wild child , sin embargo, es apenas el principio de lo que Lodeiro imagina para su trabajo en este año: “Es como la puntita –me confiesa- este año me gustaría dedicarlo entero a desarrollar este proyecto en forma amplia” 


La experiencia estética en pintura ha sabido ser, en la historia del arte argentino, por lo menos desde Xul Solar, una ventana herméticamente abierta a la experiencia metafísica. Una experiencia que nos pone en contacto con una dimensión que trasciende la experiencia cotidiana del trato con el mundo, en la que sin embargo éste se nos muestra como en una de sus formas originarias, inmemoriales. No diría que más verdadera, porque es una maña del arte estar más allá de lo verdadero y lo falso, y ya ni siquiera más profunda, porque puede experimentarse, como en Lodeiro, como una metafísica expuesta en la superficie de un espacio intrarior. En la superficie la mirada del espejo de agua contemplándose en una mujer de piel de Namibia, crepuscular y serena como en un cuadro de boutique. En el origen las botellas flotando en la capa cretácica de un erotismo sin tensión ni objeto del deseo, puro en sí mismo, Celeste al borde de una beatitud pagana. A veces la obra de arte devela algo de lo que ya era pero que no estaba. … un estado de ser intemporal, un pensamiento sensible, percepción del objeto, de la figura, sin drama ni alegoría surrealista. Los objetos desprendidos del uso, la figura en éxtasis, la geometría de una pasión suspendida en el equilibrio lábil de su propio erotismo; lo intrarior es hoy sin tiempo y espacio sin afuera y sin adentro. Radiografía de un estado de ser intrarior, una capa arqueológica inusitada, ¿es la superficie del acrílico el abismo suave de una caída quieta como un perfil de animal egipcio o un sticker? Muchas veces la experiencia estética-metafísica es la de una especie de sentido común recuperado.
por Raúl Cadús
Catálogo muestra en Sosunc (Universidad Nac. del Comahue) Neuquén 2008


La pintura de Javier plantea una pregunta. Pero es un error formular una respuesta, incluso es un error formular la pregunta misma, ponerla en palabras. Un análisis químico de una pintura también es posible, pero sabemos que no es pertinente. Si seguimos empeñados en sumar las pequeñas partes que nuestra conciencia racional toma del mundo como percepción y con esos retazos construir la totalidad de nuestra experiencia, esta especie de vacío amoblado de la modernidad seguirá siendo nuestra casa. Cuando el artista se enfrenta al misterio, la ironía no suele ser una herramienta muy resistente. Se impone creer y ser sincero. La pintura de Javier viene de todo lo que siempre estará “afuera” de la ventana de la conciencia, de todo aquello que no podemos interrogar sino experimentar. La naturaleza pone las cosas en su lugar y busca la cordura. Los sueños de la razón engendran monstruos, pero una piedra sigue siendo belleza.
por Carlos David Lima


Coleccionista de relatos que cohabitan, como un Ulises va recogiendo experiencias de sus viajes por los paisajes de la Historia, de Mitos y de Leyendas, combinándolos en un mismo espacio y un mismo tiempo, sin temor a los anacronismos. Escritor de lo cotidiano, lector de su cosmos, Javier Lodeiro refunda mundos, pintando con acrílico sobre tabla, en un mismo firmamento de música y literatura, con la saga más diversa de personajes de viejas tradiciones fantásticas arrancadas de sus lecturas adolescentes. Uno o dos zigurates sirven de telón de fondo al diálogo silencioso entre el Minotauro que, fuera de su laberinto, espera atento el arribo de sus siete doncellas y sus siete mancebos (que quizá jamás lleguen) y sirenas de canto sordo que-no-encanta. Desde el árbol las glicinas de perfiles femeninos vigilan atentas los cercanos movimientos del pájaro virtuoso. Un desfile de elefantes dalinianos sostiene el fondo escenográfico de aquellos mandriles sabios, como salidos de una vieja serie de TV, compiten con el hombre por el lugar que otrora ocuparan los griegos en el ágor. El cancerbero vigila atento, con la actitud de una mascota retozona, el hallazgo del anillo prodigioso…
por Marcelo Del Hoyo
Catálogo muestra en Sosunc (Universidad Nac. del Comahue) Neuquén 2008